Todavía recuerdo a aquella niña, aquel olor a goma y a
asfalto, aquellos gritos incesables por todos los rincones. Todavía recuerdo
aquella niña tan pequeña pero a la vez tan grande. Mi heroína. Mi referente. Recuerdo cómo su amor por el baloncesto hizo que
yo misma sintiera la necesidad de probar aquel deporte tan extraño para mi.
Recuerdo esa coleta saltarina, ese número siete a la espalda, esa sonrisa y
esas ganas de trabajar incesables. Tenías algo, emanabas magia, felicidad,
entrega. Cómo describir tantos sentimientos en una palabra. Complicado.
Probablemente imposible. Sólo con recordar todo aquello, se me eriza cada
pedacito de piel en mi cuerpo.
Hiciste que aquella pelota de goma de color anaranjado,
aquel objeto redondo con una especie de hilos debajo pegado a un gran recuadro
de plástico y a un poste de metal, fuera familiar cuando era totalmente
desconocido. Conseguiste que madrugar para sólo ir a verte y animarte fuera
algo que esperaba con verdadera ansia. Sí, gracias a ti, yo me fijé en el baloncesto. Gracias
a ti, logré entender cómo se podía amar tanto un deporte por el que hacer
grandes locuras. Gracias a ti, encontré la felicidad sólo con estar delante de
una canasta y un balón, cuando más lo necesitaba.
Sin embargo, como en todo camino hay piedras que dificultan
el paso, como en toda gama de color siempre hay una parte más oscura y otra más
clara, siempre hay olas para que luego llegue la calma o viceversa. Viene a mi
memoria, aquel día en que por circunstancias del destino, llegó la lesión de tu
rodilla. Un gran bache en tu camino, pero que no consiguió pararte. Incluso
tras cada lágrima, tras cada noche en vela por el dolor, cada día en el que
durante la recuperación querías abandonar, seguiste. Nunca te diste por
vencida. Sin darte cuenta, de nuevo me inspirabas, eras mi mentor. Eras y eres mi
ejemplo. Me enseñaste que cuando quieres algo, luchas hasta el final. Que somos
capaces de lograr aquello que nunca imaginábamos.
Pero cuando parece que estamos a flote de nuevo, cuando
parece que todo está en calma, los fantasmas vuelven de nuevo. No sólo tuviste
que enfrentarte a una lesión de cruzado, tuviste que enfrentarte a dos. De
nuevo aquella pesadilla que te atormentó volvió a quitarte el sueño, a quitarte las ganas de pelear por lo que desde
hace muchos años habías hecho un gran esfuerzo. Pero yo lo sabía, sabía que mi
hermana, mi heroína volvería y con mucha más fuerza. Contra todo pronóstico
pisaste de nuevo una cancha de baloncesto, con la misma ilusión, como aquella
niña con el número siete de patio de colegio.
Llega un momento, en el que el punto y final llama a la puerta. El punto y
a parte. O quizá el punto y seguido. Llega un momento que hay que decidir, que
hay que ser valiente. Por mucho que duela, forma parte de crecer, de hacerse
adulto y de madurar. El baloncesto te ha dado mucho, pero tú también has dado
mucho al baloncesto. Y no sólo a él, a mí también. Nunca sabré cómo agradecerte
todo lo que me has inculcado incluso sin saberlo. Pero sí sé cómo decirte que estoy muy orgullosa de
ti.
Dicen que el mejor sentimiento en la vida es el saber que lo has dado todo por un sueño, que has derramado hasta la última gota de sangre, sudor y lágrimas en la batalla. Y tú lo has superado y con creces.
Dicen que el mejor sentimiento en la vida es el saber que lo has dado todo por un sueño, que has derramado hasta la última gota de sangre, sudor y lágrimas en la batalla. Y tú lo has superado y con creces.
Gracias por
haberme dado tanto, gracias por haberme abierto las puertas a un mundo
maravilloso, gracias por ser la mejor hermana, y gracias por haber luchado
hasta el final por tu sueño, el baloncesto.
Arantxa, por ti y para ti.
No hay comentarios:
Publicar un comentario