Como una huella, como un rastro, como algo que se queda marcado y que con el paso del tiempo se borra. Sin embargo ¿se borra o somos nosotros los que no dejamos que reaparezca?
Como la magia. Como la imaginación o realidad. Como un sueño. Como la nada o como el todo.
¿Saber o no saber? Yo lo llamaría desconocer lo que sabemos. ¿Duda o seguridad? Yo lo llamaría dudar de lo que percibimos seguro. Porque en realidad, no concebimos ningún momento como perpetuo. O sí pero intentamos taparlo. Porque la vida no es aprender a olvidar, la vida es aprender a superar. Aprender a convivir con los recuerdos. Aprender a comprender. O empezar a comprender lo ya aprendido.
Estar perdido. Después encontrarse. O perderse en lo encontrado. Tener miedo o ser valiente. Mejor dicho, ser valiente teniendo miedo. Sonreír y después llorar. Llorar sonriendo. Amar odiando u odiar lo amado. No importa lo que es relevante, pero lo que es relevante lo pasamos por alto. No existe lo perpetuo sin aquello que tiene final. Pero tampoco existe la nada sin el todo.
Confianza. Palabra complicada, rodeada de tantos tópicos y no tópicos, cuyo significado es tan variable como los pensamientos. No solo consiste en creer. La confianza esta rodeada de muchos adjetivos, variables incontrolables y situaciones. Asemejada a una melodía, cuyas notas quizá sean las mismas, pero en cada oído suenan diferentes. No existe una definición común, no existe una receta global que nos diga la forma de encontrarla o mantenerla. No existe un libro que nos diga cómo, cuándo, dónde o por qué. Es tan frágil y tan complicada, que el encontrarla se convierte en indispensable. Y es que lo difícil atrae, pero a su vez nos aleja. Estamos acostumbrados a definir confianza con "creer". Pues bien, confianza no sólo es creer. Creer es el objetivo final. Y ahí yace el error común. Nos fijamos en el final del camino y no en el sendero hasta llegar a él. Estamos acostumbrados a que nos digan el objetivo idóneo, pero no nos percatamos de que lo importante es cómo llegamos hasta él. Eso es lo que nos permitirá mantenernos y triunfar.
No existe un método único, pero sí existe un comienzo claro. Y es en buscar en uno mismo. Encontrar el yo que se ha escondido, que tiene miedo, que no quiere fallar. Es entonces cuando "ella" volverá a nosotros. Pensar. ¿Qué es pensar? Meditar. ¿Qué es meditar? Diferentes palabras, pero muy relacionadas entre sí y con todo lo que nos rodea. Sin embargo, existe una gran excepción. La confianza va ligada al yo sin ataduras, al yo sin miedos, al yo que se permite fallar. Está ligada al yo que se permite vivir.
Existe una estrecha línea entre la mente y la confianza, tan estrecha que se rompe cada vez que la cantidad de pensamientos acechan. Ella intenta oponerse, se resiste. Pero la mente es como las olas del mar que cogen fuerza y rugen y no existe nada que las detenga. Y es cuando nuestra confianza se ahoga. No puede salir, y se rinde. Buscamos algo que nos empuje a la superficie, que nos ayude a desatar el ancla que nos une a la profundidad. Parece que lo encontramos y asomamos la cabeza pero volvemos a sumergirnos. Y así, una y otra vez. Hasta que nos damos cuenta que lo importante no es salir a la superficie si no cómo llegamos hasta ella. De esa manera, nos hundiremos pero sabremos cómo volver a respirar.
Como una amiga. Como un sueño, como un anhelo. Pensar no nos las devolverá. Actuar, sentir, gritar, llorar y reír. Vivir y luchar. Eso es lo único que hará que todos los fantasmas se rindan y desaparezcan. Y es entonces, cuando la meta estará más cerca de nosotros. Y es cuando con pasos de hormiga, sin prisa pero sin pausa, disfrutaremos de nosotros mismos y de nuestro yo.
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